Nietzsche y los fascistas * Por Georges Bataille

El judío Judas traicionó a Jesús por una suma de dinero nimia: después de eso, se colgó. La traición de los familiares de Nietzsche no tuvo la consecuencia brutal que tuvo la de Judas, pero resume y termina de volver intolerable el conjunto de traiciones que deforman la enseñanza de Nietzsche

Aysén y los problemas nacionales

Mario Domínguez C. La significativa posición que el conflicto desatado en la región de Aysén ha ido tomando en la escena contemporánea es digna de presentarse como una paradoja de la vida nacional.

Bajo los velos del Neoconservadurismo Farandulero: el rol femenino en el Chile convulsionado

Basta prender el televisor para satisfacer el consumo experiencial de las sociedades occidentales, el juego de roles y el morbo boyerista de describir a un otro lejano siguen siendo los pasatiempos preferidos del turismo de la alteridad. Desde CNN se observa con horror como sociedades musulmanas criminalizan mujeres por atentar contra el orden religioso descrito en el Corán.

Violeta Parra y una Identidad Bicentenaria. Fernando Quilodrán.

Sólo 50 años estuvo entre nosotros Violeta Parra, tal vez el medio siglo más intenso de nuestra historia.

"Pequeña historia de la fotografía". Walter Benjamin.

Excelente texto de Walter Benjamin desde el cual podemos dilucidar no solo una reflexión estética, sino una crítica descarnada del progreso moderno y del desarrollo técnico del las sociedades capitalistas, un motivo para dar cuenta de la tragedia moderna y sus vicisitudes en la vida contemporánea.

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domingo, 9 de septiembre de 2012

Edipo Rey y La Castración del Hombre Moderno. Gustavo V. Paz


                                                                       
                                                Edipo,  el mito y el inconsciente

Edipo Rey es una antigua leyenda griega tebana, de la época del arcaico griego. Fueron  Esquilo y Sófocles los que la hacen parte de sus tragedias. La historia es simple y trágica, y a su vez, conocida por la mayoría de las culturas del mundo. Tanto así, que el  simbolismo universal que se le confiere al mito de Edipo Rey, ha llevado a éste, por un lado  a ser punto de análisis para la antropología funcionalista, por otro, para la antropología estructural, como también  de gran relevancia para el psicoanálisis De este modo, las pretensiones del presente ensayo será analizar el mito de Edipo a partir de los elementos que  se disponen, es decir, sin ser la intención proponer ni consolidar la discusión respecto de la relación entre Edipo, el mito y el inconsciente.
Es menester referirse a los mitos, entendiendo éstos como una narración breve con una carga enorme de significados, siendo para G. Roheim, “un documento del inconsciente, que expresa su contenido y su complejo”. (Bermejo ,1979; 28). Es así, que se presenta al inconsciente como un objeto universal, que funcionan de una sola forma en todas las culturas, debido que  el significado simbólico de las mitologías presentes en las diversas culturas, se encuentra inmune a los sucesos sincrónicos, es decir, afectados por el tiempo; en efecto, la narración del mito y sus significados no se ven alterados por los sucesos históricos. 
El mito de Edipo Rey, se presenta como el principio de la represión de los instintos sexuales, los elementos significativos de la trilogía padre-madre- hijo, dando paso a  la exogamia, como el inicio de la estructuración social, es decir,  la represión de los instintos lleva a los seres humanos a generar una estructura social basada en reglas que el inconsciente simboliza como tal, generándose el paso de la horda a la sociedad de la producción: la civilización del trabajo social[1].
En  la misma línea, tomando en consideración la definición de mito para el estructuralismo, que comprende que “la sustancia del mito no se encuentra en el estilo, ni en el modo de narración, sino en la historia relatada” (Lévi-Strauss. 1973; 188), debemos considerar que el mito de Edipo - a pesar de según las diversas traducciones- no varía en sus significados, sino mas bien, se mantienen presentes. Es Claude Lévi-Strauss  en Antropología Estructural quien menciona la relación entre la lengua y el habla como componentes del mito, definiéndose el mito por un tercer punto: el sistema temporal que a ambos relaciona; la lengua como el dominio de un tiempo reversible y el habla  como a uno irreversible (Lévi- Strauss, 1973; 189). Los mitos al  ser parte del habla se mantiene inmune a las erosiones lingüísticas que se  puedan generar en el transcurso de la historia, es así que el significado se mantiene inmutable a las traducciones, debido que es el relato lo que compone su significado simbólico, por tanto, podemos estudiar el mito de Edipo -u otro- sin el temor de caer en ambigüedades que nos pueda proponer la propia lengua.
Por otro lado, para Malinowski “el mito entra en escena cuando el rito, la ceremonia o una regla social o moral demanda justificación, garantía de antigüedad, realidad y santidad” (Bermejo, 1979; 25). Entonces, que el mito de Edipo nos muestra -ya en tiempos de Sófocles- que la relación de parentesco era considerada de forma simbólica como función  para proteger las reglas morales que consolidan la unidad productiva griega[2] (Arendt, 1993; 67). En dicha consideración, el significado  sexual del mito edípico (la prohibición del incesto y la tragedia) se hace presente al permitir la develación de las estructuras que se mantienen expresadas simbólicamente en el inconsciente y que han sido mantenidas en el tiempo con la finalidad de conservar  y justificar la demanda moral de la sociedad de la producción, a saber: el surgimiento de la familia exogámica y sus beneficios; la cooperación y la alianza entre diversos grupos o clanes, que han permitido a los seres humanos dominar espacios más amplios a través de la alianza del matrimonio exogámico, siendo aún hoy, la prohibición del incesto, un denominador común  para los ordenamientos jurídicos de la mayor parte de los países del mundo.
A partir de lo anterior, cabe destacar que el mito tebano se hace presente como un imperativo moral, como algo naturalizado y normalizado, borrando la pertenencia que alguna vez los seres humanos tuvieron  con la horda primitiva, donde los instintos sexuales tenían disposiciones diferentes y las relaciones de parentescos estaban definidas a partir de otras estructuras, ligadas a distintos estadios de la producción técnico-social; entendiendo la técnica no como superación, sino como finalidad, debido que no hay una técnica superior a la otra,  sino mas bien, ésta busca objetivos y fines diferentes.
En consecuencia, mediante un simple análisis, el mito de Edipo nos permite entender el significado  de las estructuras prohibitivas del incesto que se hace manifiesto actualmente en la sociedad moderna como el principal símbolo del desarrollo de la civilización occidental. El famoso complejo de Edipo, es parte de lo que alguna vez fue la represión sexual que se encontraba en las antiguas estructuras de parentesco, estructuras incestuosas  que  se mantuvieron en las familias dirigentes como fue el caso de la realeza, donde el matrimonio entre parientes fue una práctica constante para mantener el poder unido y perpetuado.
Cabe considerar, que el mito de Edipo es de vital relevancia para el análisis social, debido que -actualmente- no sólo es el padre una figura de orden y autoridad para su hijo, sino también lo es, la sociedad y la hegemonía dominante que condiciona al hombre moderno en un sistema de orden y obediencia donde los medios de comunicación poseen mayor autoridad moral que los propios padres; donde el habla, constituye la primera forma de transmitir  la hegemonía dentro del  lenguaje, que a su vez,  es articulado por los medios de información, traspasando a la opinión pública de los medios de información, el poder de la autoridad que anterior a la modernidad monopolizó el padre.
No obstante, intentar realizar especulaciones en base a los postulados del  estructuralismo, es llevar a cabo pretensiones que sobrepasa nuestros modestos objetivos: entablar la relación del mito edípico con lo que denominaremos como la castración del hombre moderno.


Edipo, el poder y la castración moderna

“Hay que desterrar al culpable o vengar con su muerte otra muerte, pues la sangre derramada origina la desgracia de la ciudad.” Creonte.
 (Sófocles, 1974; 18)

La historia de Edipo nos lleva a pensar en la relación que tuvo el tebano con el destino, el mismo que el Oráculo de Delfos predestinó para él y su padre Layo. Dentro de esta línea, será el destino - el cual articula la tragedia- uno de tantos elementos importantes que se pueden encontrar en el mito de Edipo Rey.
Como primer punto cabe destacar el simbolismo que tiene el Oráculo de Delfos en la historia, el famoso templo religioso destinado al Dios Apolo, donde concurrían los griegos a preguntar sobre su suerte y a escuchar los ambiguos presagios. El Oráculo da el presagio a Layo padre de Edipo: “que el hijo que tuvieran llegaría a ser asesino de su padre y esposo de su madre”  (Humbert, 1982; 167). De esta manera, queriendo el Rey Layo escapar a su destino anunciado en el templo, intentó asesinar a su hijo Edipo dejándolo a la suerte de un criado que lo lleva a las fronteras de Corinto, no obstante, el pequeño Edipo es llevado por otro siervo, el cual  a su vez entrega al infortunado niño a los reyes de Corinto, dándole éstos adopción al pequeño.
Así mismo, será el propio Edipo quien al dudar de su origen familiar acude al Oráculo encontrándose con el anuncio  de  “no retornar jamás a su país natal, si no quería ocasionar la muerte de su padre y desposarse con su madre” (Humbert, 1982; 169). En este caso, Edipo será quien pretenda luchar en contra del destino no volviendo a Corinto.  Aun así, se encuentra en Fócide a cuatro viajeros entre ellos el viejo Rey de Tebas, Layo, su padre., generándose como resultado paradójico de un altercado, el asesinato de Layo ejecutado por su hijo Edipo.
Posteriormente, Edipo se dirige camino a Beocia donde resuelve el enigmático acertijo de la Esfinge que mantiene en situación catastrófica a la ciudad de Tebas; en consecuencia, una vez liberado el pueblo del desastre, el héroe  consigue como premio la mano de la hermana de Creonte, Yocasta, su madre, cerrándose de este modo, el ciclo de presagios donde ambos personajes intentan escapar del destino intentando superar y cambiar lo que el Oráculo les dispuso.
Sin embargo, la tragedia de caer en las manos del destino que llevó a Edipo a cometer incesto, lleva a asumir inconsciente y colectivamente que tal acción es catastrófica para el cultivo de la vida social tal como actualmente la conocemos, siendo la prohibición del incesto parte constitutiva del complejo infantil, que hoy se denomina como complejo de Edipo. De igual modo, el trauma del nacimiento y de la imposición simbólica de la estructura sexual actual, se sigue transmitiendo a través de la noción de fatalidad trágica que se presenta por ejemplo en la obra de Sófocles y en su trilogía dedicada a este tema.
En consecuencia, dentro del mito de Edipo podemos identificar el simbolismo negativo,  y a su vez articulador de la estructura actual de parentesco, el de la familia exogámica.  Es así, que tal mito se articula a través de lo más oscuro que pudo haber existido para los griegos de la época: la noción de  destino  o ananké,  el cual no podían alterar los dioses protectores de los griegos[3], a pesar de lo trágico que éste fuera.
Por otro lado, nos referiremos al elemento simbólico de mayor importancia que se da en este trabajo: la acción de Edipo cuando se aguijonea los ojos con su espada con la finalidad de quedar ciego, como castigo al darse cuenta de su aberrante situación, al haber sido protagonista del asesinato de su padre (Layo), y haber engendrado hijos con su madre (Yocasta).
Podemos deducir entonces, que el escarmiento no es la castración, sino mas bien,  el castigo es el no poder ver, .En este sentido  es que podemos enlazar el mito con la actualidad, a través de los medios informativos, los cuales suplantarían a la espada, siendo el poder de la información y la imagen el que enceguece a los Edipos modernos. Al mismo tiempo, el padre -autoridad de la familia exogámica- que impone la verdad soberana al núcleo familiar (ámbito privado), es representado  en la modernidad- por la influencia y poder de los medios de comunicación (ámbito público), por tanto, es el espectáculo el que configura este castigo tan significativo como pincharse los ojos con la espada.
De este modo, si se considera el simbolismo de las armas  como elementos de conquista  y de poder , es el poder de la espada la que utilizó Edipo para enceguecerse, como en la actualidad el espectáculo ciega a los humanos desde su niñez,  siendo articulador de los elementos que imposibilitan la cognición de  la totalidad  de las relaciones sociales-económicas, la cual es fragmentada y  mediatizada por imágenes, constituyéndose el espectáculo como  “[...]el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental que fue una compresión de la actividad dominada por las categorías del ver, de la misma forma que se funda sobre el despliegue incesante de la racionalidad técnica precisa que parte de este pensamiento”.( Debord, 1998; 8). Por lo tanto, el desarrollo de las habilidades cognitivo-lingüísticas, que nos permiten generar pensamientos abstractos y visión crítica de lo conocido, es mediado por elementos de simplificación de lo real; la imagen que mediatiza las relaciones sociales articula lo que los sujetos deben conocer o aceptar como correcto e incorrecto, “la verdad objetiva”.
Por consiguiente, el simbolismo del castigo que se auto infiere Edipo (perder conscientemente la vista) es la castración simbólica que comienza desde temprano en el mundo moderno. Desde ahí, será el sentido de la visión a través de la imagen, la autoridad que determinará si la realidad es reflejada correcta o incorrectamente, debido  a que “el espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece”. (Debord, 1998; 5).
Por tanto, el discurso hegemónico -donde el dominado piensa como el dominador- y  la naturalización de la realidad social, son el resultado de la exposición mediatizada y distorsionada de las condiciones económico-sociales experimentada desde la temprana edad humana. En conclusión, tal como una vez el mito de Edipo cumplió la función de reafirmar la represión sexual y la imposición de la exogamia, es la castración simbólica del Edipo moderno, lo que actualmente consolida y mantiene la estructura del modelo y su justificación, reconstruyendo así materialmente la ilusión religiosa, que tiene como resultado la ceguera que impide conocer la  sociedad fundada en la dominación, la explotación y la acumulación de capital ;es decir, las formas de relaciones sociales y de producción que imponen y legitiman a través de sus medios informativos aquellos que manejan la espada  del Edipo moderno, la denominada clase dominante.

Bibliografía

Ø Arendt, H. La condición humana. Barcelona; Paidós.1993.

Ø Bermejo, j. Introducción a la sociología del mito griego. Madrid; Akal, 1979.

Ø Debord, G. La sociedad del espectáculo. Maldeojo; 1998. Disponible en http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/Societe.pdf

Ø Homero. Odisea. Barcelona; Gredos.2006.

Ø Humbert. J.  Mitología Griega y Romana. Barcelona; Gustavo Gili.1982

Ø Lévi Strauss, C. Antropología Estructural. Barcelona; Paidós, 1987.

Ø Sófocles. Edipo, Rey. Santiago de Chile; Orbe.1974.

Ø Zizek, S. Ideología un mapa de la cuestión. Buenos Aires; Fondo de Cultura Económica. 2008.



[1]  Podemos entender esta nueva estructura de lo sexual también con un mito de la actualidad, el famoso mito del sexo real. Es Slavoj Zizek el que hace un certero análisis con respecto al sexo virtual tomando como ejemplo la pornografía. Exponiendo la tesis de Lacan de que “no existen las relaciones sexuales”. Debido que el cuerpo real sería un elemento de nuestras proyecciones fantasmática. Tal como afirma Zizek al referirse al sexo virtual que “no es una distorsión monstruosa del sexo real, simplemente vuelve manifiesta la estructura  fantasmática que le subyace”. (Zizek, 2008; 8). Por consiguiente, lo que en vista es inmoral para algunos dentro de la sociedad, para otros se hace manifiesto y es natural dentro de la práctica sexual.
[2] Las relaciones de parentesco en la antigua Grecia era de importancia debido que la unidad productiva griega estaba compuesta por la  familia bajo el desarrollo de una  economía esclavista – la familia como el área privada fundamental para el impulso del hombre libre de la Polis, considerando la ciudad como el área pública destinada a los hombres libres. Ver Hannah Arendt, La Condición Humana. Capitulo; La esfera pública la esfera privada.
[3] Cabe destacar el caso de Odiseo, el Cíclope y Poseidón en la Odisea, canto IX, cómo los dioses a favor de Odiseo -la diosa Atenea entre ellos-no pueden intervenir en el destino trágico de Ulises, los dioses griegos no son omnipotentes como lo es el Dios judío-cristiano. (Homero, 2006; 149).

jueves, 16 de agosto de 2012

Sobre la “ley Hinzpeter” y la idea de nación.


Mario Domínguez Castro
(exposición presentada el 16 de agosto de 2012 en la PUCV)

En la presente exposición trataremos de contribuir a una reflexión cuyo objeto sea reformular en términos históricos y políticos los principales elementos a diferenciar en lo que el debate público ha denominado “ley Hinzpeter.”
En una primera instancia debemos establecer que la llamada “ley de resguardo del orden público” no es una formación jurídica coyuntural. Pecaríamos de una ingenuidad histórica horrorosa si la practica habitual que pretende desplegar esta ley no fuera percibida como un momento de enlace con las formas bajo las que se ha constituido cierta idea de nación en Chile, cierta idea de chilenidad.
Trabajemos esto.
Sin duda alguna esta cuestión se remonta a acontecimientos históricos de larga data; el problema de lo nacional como una representación cívica, moral y política de la unidad estatal es uno de los debates que constituyen la identidad de las formaciones sociales latinoamericanas. La idea de nación en Latinoamérica lejos de ser un presupuesto, siempre es un mito, un ideal. Las clases dirigentes de la independencia no se caracterizaron, por cierto, de cumplir una labor modernizadora y democratizante. Mas bien asumieron el progreso moderno y la reformulación de los estados como una tarea meramente comercial, de independencia económica respecto de un centro molesto, paternalista y usurero. Tal independencia dificultosamente asumió dentro de sus prioridades un espíritu cívico e ilustrado y por lo tanto se anquilosó en una república a medias, lejana a los valores eurocentricos que inspiraron su existencia y renuente mas aún de valores prehispanicos o indocriollos que pudiesen vitalizar y dotar de tradición y cultura viva, originalidad y soberanía a la naciente patria mestiza.
Así el proceso de articulación de una cohesión nacional vino de la mano de la mezquindad de los intereses oligárquicos y terratenientes, de su complacencia y quietud. La articulación de la república estaba imposibilitada por la existencia de la gran propiedad que coartaba el desarrollo de un proceso modernizador y por consecuencia la incapacidad de constituir una sociedad civil reflexiva y politizada que pudiese ser sujeto de representación política y jurídica.
Debemos establecer también que las formas jurídicas son históricas y determinadas, es decir, son el resultado de un movimiento inmanente, inacabado y perpetuo de la humanidad. Son la representación de las relaciones culturales, económicas, morales y políticas de una sociedad determinada y por tanto son expresión de las fuerzas hegemónicas, dirigentes de dicha sociedad, de sus relaciones y conflictos. Las formaciones jurídicas y legales son, por lo tanto, la abstracción o representación teórica de un consenso. No debemos entender este “consenso”, como un “mero acuerdo” de partes, el consenso al que nos referimos tiene que ver con la operatividad de un consentimiento del cual se desprende la existencia de grupos sociales y clases a los cuales algunos intelectuales, entre ellos A. Gramsci, han denominado “subalternos”, es decir, que asumen como propio el discurso de las clases dirigentes.
La historia de las clases subalternas por lo tanto ha sido objeto de profundo debate en las ciencias sociales y la historiografía. Su comprensión nos ha permitido apreciar a los estados nacionales no como unidades orgánicas irrefutables, sino que le ha podido otorgar un sentido crítico y cierto a las tensiones por las que dichos estados están atravesados.
Sin ir mas lejos debemos recordar aquella opinión que Diego Portales tenía de la república. El llamado “peso de la noche” no era mas que el escepticismo político y poco republicano atravesado por la prepotencia de su posición social emergente, frente a un estado atrasado y falto de progreso. La solución portaliana excede toda legalidad, mas bien, tuvo que disponer de una legalidad propia para encumbrar un proceso de disciplinamiento nacional, en cuyo fondo se propicia una idea de nación que sintetiza aquella tensión histórica de la república: una modernización financiera e industrial primaria en la base de relaciones civiles coloniales y poco democráticas.
Un proceso de modernización es siempre regresivo y condenado al estancamiento sin una sociedad civil democrática que pueda impulsarlo y darle vida. El escepticismo portaliano, expresión de su severidad, contenía en su seno el retroceso político y económico. Sus consecuencias son tan amplias que solo a mediados de siglo XX y bajo el rol politizador del movimiento obrero, se empieza a reformular nociones tan anquilosadas como la unidad productiva de la tierra de la mano de la reforma agraria.
Debemos detenernos en este punto, por un momento. Nos parece necesario denotar una tesis central en la presente exposición. La nación. Como formación social en permanente resignificación, a partir de finales de siglo xix en adelante, empieza a ser víctima de un relato subterráneo. En efecto. Salvo en las tesis de Bilbao, Vicuña Mackena, Arcos y el activismo de ciertos liberales a mediados del siglo xix, no se puede hablar de un proceso masivo de politización y constitución de una sociedad civil de mayor envergadura que el que tuvo el movimiento obrero chileno a partir de finales de siglo xix y principios del xx.
La labor del movimiento obrero, del sindicalismo y de los partidos de izquierda con especial protagonismo del Partido Comunista de Chile, en la constitución de una ciudadanía efectiva fue decisiva para la historia de este país. Al contrario de las demás naciones latinoamericanas, el movimiento obrero chileno no dependió nunca (salvo posteriormente en la dictadura pinochetista) de “movimientos de liberación nacional”, entonces caracterizados por su caudillismo militar, dispersión ideológica y de intereses. El movimiento obrero chileno se caracterizó por su composición masiva y civil, partidista y democrática, lo que hablaba de un proceso de maduración, complejización y riqueza republicana que pocos movimientos de izquierdas en el mundo habían logrado constituir. Estábamos en frente de un grupo social alterno -ya no subalterno-, autónomo políticamente -autonomía entendida como la capacidad de articular un relato propio de la vida nacional y oponerlo al de la clase dirigente- y, como aspecto relevante, un movimiento dispuesto a constituir una mayoría nacional, a partir de alianzas amplias y progresivas.
¿Que tiene que ver la Ley Hinzpeter con los elementos que acabamos de mencionar?
Su relación en profunda y directa. La dictadura militar de Augusto Pinochet significó la destrucción de una idea de chilenidad que se venia forjando desde principios de siglo XX, su desarticulación por miedo del miedo, la tortura y la excepción legal dieron paso al exterminio de los valores cívicos y republicanos construidos hasta el gobierno popular de Salvador Allende. Si bien podemos decir que el proyecto de la Unidad Popular carecía de un consenso social avasalladoramente hegemónico, producto de la concentración de capitales y la actividad reaccionaria de derecha y algunos sectores medios, sumado al dogmatismo e indisciplina de sectores radicalizados en la izquierda. Podemos asegurar que este proceso es uno de los momentos republicanos de mayor riqueza en la historia de nuestro país, en términos culturales, políticos y sociales.
Lo que significó la posterior dictadura militar fue regresivo, la constitución de la república -construida a partir de un proceso de maduración nacional de riqueza sin igual- dio paso a un nuevo “peso de la noche”, escéptico, carente de sueños, de una moral escatológica. Jaime Guzmán fue su artífice, Nos volvió subalternos.
Hinzpeter habla, en su proyecto de legislación de “seguridad y tranquilidad pública”, de “salud pública” y de “moralidad pública”. Ha preferido la formula portaliana, de los palos, el guanaco y el zorrillo, del estado de excepción permanente -dice Agamben- , quiere reafirmar la idea de nación que se impuso en la dictadura, sin embargo el relato subterráneo de a poco vuelve a reafirmarse. “hay un secreto acuerdo entre las generaciones pasadas y las nuestras. Hemos sido esperados en la tierra. A nosotros, como a las generaciones que nos procedieron, nos ha sido dada una débil fuerza mesiánica sobre la cual el pasado tiene un derecho. Esta exigencia no se ve satisfecha fácilmente. El materialista histórico lo sabe.” (Walter Benjamin, Tesis II en Tesis de filosofía de la historia.)


jueves, 12 de julio de 2012

Parral, 12 de julio de 1904. Natalicio de Neftalí Reyes Basoalto: Canto General.

PABLO NERUDA

CANTO GENERAL

(APARCOA)


"En mi Canto general he explicado cómo el conquistador Pizarro encadenó al Inca en una habitación, en un palacio de su reino. Allí le anunció que lo mataría. Sería ajusticiado dentro de pocas semanas. Lo degollaría como un cordero sacrificial, como esclavo destinado al martirio, en el patio mayor de su propio palacio, ante todos sus príncipes, sus capitanes y sus sacerdotes, sus mujeres, sus hijos y sus músicos. A menos que -le dijo el conquistador- sus súbditos le trajesen, de todas sus remotas y apartadas posesiones, todo el oro del Perú. Pero, ¿cuánto, cuánto? le preguntó el Inca volviendo sus inocentes ojos a los de su carcelero. "
Pablo Neruda.


CANTO GENERAL - PABLO NERUDA - APARCOA from JESÚS ALBERTO ARBELÁEZ ARCE on Vimeo.

tomado de: neruda.uchile.cl/cantogeneral/cuadernos/1.html

lunes, 9 de julio de 2012

José Carlos Mariátegui: "El crepusculo de la civilización".

EL CREPUSCULO DE LA CIVILIZACIÓN1

Máximo Gorki, en un emocionante articulo, nos hablaba hace poco del "fin de Europa". Y esta no es una frase de literato. Es una realidad histórica. Estamos asistiendo, verdaderamente, al fin de esta civilización. Y, como esta civilización es esencialmente europea, su fin es, en cierto modo, el fin de Europa.
Nuestra generación, impregnada todavía de la idea de un progreso siempre ascensional, sin soluciones de continuidad, no puede percibir ni comprender fácilmente esta realidad histórica. No puede alcanzársele que esta civilización, tan potente y tan maravillosa, no sea también infinita e imperecedera. Para ella, esta civilización no es "una civilización", Es "la Civilización" con letra mayúscula.
Pero la filosofía contemporánea roe activamente ese espejismo. Oswald Spengler, uno de los pensadores más originales y sólidos de la Alemania actual, en un libro notable, desarrolla la tesis de que "el fenómeno más importante de la historia humana es el nacer, florecer, declinar y morir de las Culturas". (Spengler no dice Civilizaciones sino Culturas). Toda cultura ha tenido sus características económicas, políticas, estéticas y morales absolutamente propias. Toda cultura se ha alimentado de su propio pensamiento y de su propia fantasía. Toda Cultura, después de un período de apogeo, llenada su misión, ha decaído y perecido. Y toda Cultura, sin embargo, ha tenido como la nuestra, la ilusión de su eternidad. Esta ilusión, por otra parte, ha constituido siempre un elemento moral indispensable de su desarrollo y de su vitalidad. Y, si empieza a flaquear en nuestra Civilización, socavada por el pensamiento relativista, es porque nuestra civilización se aproxima a su ocaso.
Ese es, precisamente, uno de los síntomas de decadencia de esta Cultura. Un síntoma sutil, pero trascendental. Un síntoma expresivo nada menos que de la crisis de las concepciones filosóficas sobre las cuales reposa esta civilización. Otros síntomas, más perceptibles y más inmediatos, son la crisis económica y la crisis política.
Política y económicamente, la sociedad europea ofrece el espectáculo de una sociedad en decadencia. Cada uno de los cuatro años posteriores al armisticio, en vez de aportar la solución de los problemas de la paz, se respiraba en Europa una atmósfera más optimista que ahora. No hay Estado europeo, vencedor o vencido, para el cual la situación no sea hoy peor que hace cuatro años.
Los países vencidos han caído en la ruina, en la postración, en el desorden que todo el mundo contempla. Austria, a consecuencia de la vivisección del antiguo imperio austriaco, mutilada, empobrecida, desangrada, carece de medios de vida. Su anexión a un Estado limítrofe es su única esperanza, su único camino. En Viena reina una miseria apocalíptica. Las gentes perecen de hambre en las calles. Yo he visto caer de inanición a una mujer consumida, espectral. Hungría y Bulgaria disponen de más recursos que Austria para alimentar a su población, pero tienen arruinada su economía y depreciada su moneda. En Budapest mismo, donde no se siente la miseria que en Viena, me han contado que hay gente que no come sino dos veces a la semana. Y Alemania, finalmente, parece amenazada de una miseria análoga. La población alemana ve empobrecerse más cada día su tenor de vida. El presupuesto de las familias de la clase media y de la clase proletaria es un presupuesto de hambre. Las industrias alemanas trabajan, producen y exportan abundantemente a costa de la miseria de sus empleados y obreros. Y la situación de los países vencedores, si no es igualmente desesperada, tampoco tiende a normalizarse. Inglaterra tiene paralizada una parte de su actividad industrial. El número de desocupados asciende casi a dos millones. La cuestión irlandesa sigue prácticamente sin solución. La victoria de los turcos sobre los griegos ha infligido un golpe a la dominación británica en Oriente. Y ha aumentado la amenaza de una insurrección islámica. Francia está agobiada por el déficit de su presupuesto que pasa de quince millones de francos. Como este déficit es cubierto con bonos del tesoro, o sea con créditos internos, la deuda pública francesa crece fantásticamente. El servicio de esta deuda reclamará sumas cada vez mayores que mantendrán el desequilibrio del presupuesto. Y, dentro de este caos hacendario, Francia es solicitada por Inglaterra para iniciar el pago de los intereses de sus deudas de guerra. Francia pretende extraer de Alemania los millares de millones necesarios para la reconstrucción de las provincias devastadas y el convalecimiento de su hacienda. Pero Alemania es insolvente. Su insolvencia aumentará a medida que se aumente la desvalorización del marco. Italia también está económicamente desequilibrada. Su déficit, no obstante las economías inauguradas, es de cinco mil millones de liras y no hay perspectivas de que disminuya. Al contrario, hay perspectivas de una nueva carga fiscal: el servicio de las acreencias de la guerra británicas y americanas. Además, Italia está devorada por la guerra civil. Fascistas y socialistas reviven en las ciudades italianas las luchas medioevales de güelfos y gibelinos. El fascismo se ha sustituido al Estado, en la acción contrarrevolucionaria, y ha acelerado así el desprestigio y la decadencia de éste. Los viejos partidos democráticos hablan de reorganizarse y restaurar la maltrecha autoridad del Estado. Pero el fascismo reclama para sí el gobierno. Y la vieja democracia no puede prescindir de sus servicios. La desmovilización, el desarme del fascismo, traería una inmediata contraofensiva revolucionaria.
De otro lado, la situación de los países vencedores está vinculada a la situación de los países vencidos. La experiencia de los cuatro últimos años prueba que no es posible la coexistencia de una Europa occidental normalizada y restablecida y de una Europa central oprimida y famélica. La unidad económica de Europa se opone a la existencia sincrónica de la normalidad y del caos. El peligro de bancarrota alemana es, por esto, un peligro de bancarrota europea.
Algunos estadistas de la Europa vencedora comprenden esta verdad. Esos estadistas, Nitti, Caillaux, Keynes —en quienes el político prevalece sobre el hombre de estudio—, creen, naturalmente, que aún hay remedio para esta crisis. Pero, mientras sus páginas que describen la crisis son de una clarividencia y de una robustez máximas, sus páginas que señalan las soluciones son las menos seguras y persuasivas. Sus libros dejan la impresión de que tocan la realidad en su parte crítica, pero no en su parte constructiva.
Existe un programa de reconstrucción europea. Es un programa de colaboración y de compromiso, de una parte entre los Estados vencedores y los Estados vencidos y, de otra parte, entre las clases sociales antagónicas. Tiende, en suma, a establecer una transacción entre el viejo orden de, cosas y el orden de cosas naciente. Y, en la intención de algunos de sus patrocinadores, tiende a evitar que una transición brusca de un régimen a otro destruya la riqueza material, el progreso técnico, creados por la sociedad capitalista. A tal programa, se adhieren no sólo los ele­mentos más iluminados de la burguesía sino también los elementos más templados del socialismo, cuya colaboración gubernamental sería necesaria para actuario.
Pero sólo en Inglaterra, que es por excelencia el país de las transformaciones graduales y pacíficas, este programa tiene probabilidades de ser actuado. Francia está todavía muy lejos de él. Lo demuestra claramente el hecho de que el político que lo preconiza, Caillaux, sea aún un político exilado de la política y hasta del territorio francés. Italia está más cercana a esa política. Nitti conserva alguna influencia en el parlamento italiano. Alrededor de un gobierno suyo podrían conjuncionarse los populares y los socialistas de derecha. Pero un gobierno de ésta naturaleza tendría que ser un gobierno antifascista. Un gobierno que provocaría la insurrección del fascismo. Y que, por tanto, no es un gobierno probable. Más chance de influencia en el gobierno tienen por ahora los fascistas, cuyo predominio en la política italiana multiplicaría, evidentemente, los gérmenes de guerra y de desorden en Europa. El fascismo, que aspira a apoderarse del gobierno de Italia, es un movimiento ultra­nacionalista. Su doctrina política no se diferencia de la vieja doctrina liberal sino por su delirante literatura nacionalista.
Y acontece, sobre todo, algo más grave. Que Francia, puesta a elegir entre una hipotética rui­na europea y una segura reconstrucción alemana, opta por la primera. Y es que, como he escrito en un artículo reciente, los estadistas franceses tienen una mentalidad demasiado reaccionaria para aceptar que, por culpa de su política, la civilización capitalista corre peligro de muerte.
Y, en el fondo, tienen razón. No es el imperia­lismo francés lo que hace vacilar a Europa. El imperialismo francés es generado por la decadencia europea. Es un síntoma de la crisis. Y lo es también la imposibilidad en que se hallan las potencias vencedoras de concertarse alrededor de un programa común. Considerando aislada y superficialmente esas dificultades, se piensa que eliminándolas la crisis se solucionaría con facilidad. Pero, experimentalmente se constata que no es posible eliminarla porque son las expresiones, los efectos de la crisis mundial y no las causas de ésta.
El "fin de Europa" aparece, pues, ineluctable. Esta civilización contiene el embrión de una civilización nueva. Y, como todas las civilizaciones, está destinada a extinguirse. El programa de los reformistas —reformistas de la burguesía y reformistas del socialismo— es detener su ruina mediante un compromiso entre la sociedad vieja y la sociedad nueva. (Esta es otra manifestación de la decadencia y de la decrepitud de la suciedad vieja. Un régimen que pacta con la revolución es un régimen que se siente vencido por ella).
Pero antes de que la sociedad nueva se organice, la quiebra de la sociedad actual precipitará a la humanidad en una era oscura y caótica. Así como se ha apagado Viena, festiva luz de la Europa de avant-guerre, se apagará más tarde Berlín. Se apagarán Milán, París y Londres. Y, último y grande foco de esta .civilización, se apagará Nueva York. La antorcha de la estatua de la Libertad será la última luz de la civilización capitalista, de la civilización de los rascacielos, de las usinas, de los trusts, de los bancos, de los cabarets y del jazz band.



NOTA:

1 Publicado en Variedades: Lima, 16 de Diciembre de 1922.

Tomado de:  Patria Roja. Org

lunes, 9 de abril de 2012

Antonio Gramsci. Introducción al estudio de la filosofía. ¿Qué es el hombre?.


Antonio Gramsci
(Cuaderno 11 (XVIII) 1932-1933.)

Introducción al estudio de la filosofía.
¿Qué es el hombre?

Esta es la pregunta primera y principal de la filosofía. Cómo se puede responder. La definición se puede hallar en el hombre mismo; o sea en cada hombre aislado. ¿Pero es justa? En cada hombre aislado se puede encontrar qué es cada "hombre aislado". Pero a nosotros no nos interesa lo que es cada hombre aislado, que además significa qué es cada hombre aislado en cada momento aislado. Si lo pensamos bien, vemos que planteándonos la pregunta de qué es el hombre queremos decir: en qué puede 1 dominar su propio destino, puede "hacerse", puede crearse una vida. Decimos pues que el hombre es un proceso y precisamente es el proceso de sus actos. Si lo pensamos bien, la misma pregunta: ¿qué es el hombre? no es una pregunta abstracta, u "objetiva". Nace de lo que hemos reflexionado sobre nosotros mismos y sobre los otros y queremos saber, en relación a lo que hemos reflexionado y visto, qué somos o qué podemos llegar a ser, si realmente y dentro de cuáles límites somos "constmctores de nosotros mismos", de nuestra vida, de nuestro destino. Y esto queremos saberlo "hoy", en las condiciones dadas hoy, de la vida "actual" y no de cualquier vida y de cualquier hombre. La pregunta ha nacido, recibe su contenido de especiales, o sea determinados modos de considerar la vida y el hombre: el más importan te de estos modos es la "religión" y una determinada religión, el catolicismo. En realidad, preguntándonos: "qué es el hombre", qué importancia tiene su voluntad y su actividad concreta en el crearse a sí mismo y la vida que vive, queremos decir: "¿es el catolicismo una concepción exacta del hombre y de la vida? Siendo católicos, o sea haciendo del catolicismo una norma de vida jnos equivocamos o estamos en lo cierto?" Todos tienen la vaga intuición de que haciendo del catolicismo una norma de vida se equivocan, tanto es así que nadie se atiene al catolicismo como norma de vida, aun declarándose católico. Un católico integral, o sea que aplicase en cada acto de la vida las normas católicas, parecería un monstruo, lo cual es, pensándolo bien, la crítica más rigurosa del catolicismo mismo y la más perentoria. Los católicos dirán que ninguna otra concepción es seguida puntualmente, y tienen razón, pero esto solamente demuestra que no existe de hecho, históricamente, un modo de concebir y actuar igual para todos los hombres y nada más; no tienen ninguna razón favorable al catolicismo, si bien este modo de pensar y actuar desde hace siglos está organizado para este fin, lo que aún no ha sucedido para ninguna otra religión con los mismos medios, con el mismo espíritu de sistema, con la misma continuidad y centralización. Desde el punto de vista "filosófico" lo que no satisface en el catolicismo es el hecho de que éste, a pesar de todo, pone la causa del mal en el hombre individuo mismo, o sea concibe al hombre como individuo bien definido y limitado. Todas las filosofías que hasta ahora han existido puede decirse que reproducen esta posición del catolicismo, o sea que conciben al hombre como individuo limitado a su individualidad y el espíritu como tal individualidad. Es sobre este punto que hay que reformar el concepto del hombre. Esto es, hay que concebir al hombre como una serie de relaciones activas (un proceso) en el que si bien la individualidad tiene la máxima importancia, no es sin embargo el único elemento a considerar. La humanidad que se refleja en cada individualidad está compuesta de diversos elementos: 1] el individuo; 2] los otros hombres; 3] la naturaleza. Pero el 2°. y el 3er. Elementos no son tan simples como pueden parecer. El individuo no entra en relaciones con los otros hombres por yuxtaposición, sino orgánicamente, o sea en cuanto entra a formar parte de organismos desde los más simples hasta los más complejos. Así, el hombre no entra en relación con la naturaleza simplemente, por el hecho de ser él mismo naturaleza, sino activamente, por medio del trabajo y de la técnica. Más aún. Estas relaciones no son mecánicas. Son activas y conscientes, o sea que corresponden a un grado mayor o menor de inteligencia que de ellas tiene el hombre individual. Por eso puede decirse que cada cual se cambia a sí mismo, se modifica, en la medida en que cambia y modifica todo el conjunto de relaciones de las que él es el centro de conjunción. En este sentido el filósofo real es y no puede no ser distinto del político. o sea el hombre activo que modifica el ambiente, entendiendo por ambiente el conjunto de relaciones de las que cada individuo I entra a formar parte. Si la propia individualidad es el conjunto de estas relaciones, hacerse una personalidad significa adquirir conciencia de tales relaciones, modificar la propia personalidad significa modificar el conjunto de estas relaciones. Pero estas relaciones, como ya se dijo, no son simples. Para empezar, algunas de ellas son necesarias, otras voluntarias. Además, tener de ellas una conciencia más o menos profunda (o sea conocer más o menos el modo en que se pueden modificar) ya las modifica. Las mismas relaciones necesarias, en cuanto que son conocidas en su necesidad, cambian de aspecto y de importancia. El conocimiento es poder, en este sentido. Pero el problema es complejo también en otro aspecto: que no hasta conocer el conjunto de relaciones en cuanto existen en un momento dado como un sistema dado, sino que importa conocerlas genéticamente, en su movimiento de formación, porque cada individuo no sólo es la síntesis de las relaciones existentes sino también de la historia de estas relaciones, o sea es el resumen de todo el pasado. Se dirá que lo que cada individuo puede cambiar es bien poco, en relación con sus fuerzas. Lo cual es verdad hasta cierto punto. Porque el individuo puede asociarse con todos aquellos que quieren el mismo cambio y, si este cambio es racional, el individuo puede multiplicarse por un número imponente de veces y obtener un cambio mucho más radical que el que a primera vista puede parecer posible.

Sociedades en las que un individuo puede participar: son muy numerosas, más de lo que puede parecer. Es a través de estas "sociedades" que el individuo forma parte del género humano. También son múltiples los modos en los que el individuo entra en relación con la naturaleza, porque por técnica debe entenderse no sólo aquel conjunto de nociones científicas aplicadas industrialmente, como de costumbre se entiende, sino también los instrumentos "mentales", el conocimiento filosófico.

Que el hombre no puede concebirse sino viviendo en sociedad es un lugar común, sin embargo no se extraen todas las consecuencias necesarias incluso individuales: que una determinada sociedad humana presupone una determinada sociedad de las cosas y que la sociedad humana es posible sólo en cuanto que existe una determinada sociedad de las cosas, es también un lugar común. Es verdad que hasta ahora a estos organismos más que individuales se les ha dado un significado mecanicista y determinista (tanto la societas hominum como la societas rerum): de ahí a reacción. Hay que elaborar una doctrina en la que todas estas relaciones sean activas y estén en movimiento, estableciendo muy claramente que la sede de estas actividades es la conciencia del hombre individual que conoce, quiere, admira, crea, en cuanto que ya conoce, quiere, admira, crea, etcétera, y se concibe no aislado sino rico en posibilidades que le ofrecen los otros hombres y la sociedad de las cosas, de la que no puede no tener cierto conocimiento. (Así como todo hombre es filósofo, todo hombre es científico, etcétera.)

domingo, 8 de abril de 2012

Nietzsche y los fascistas * Por Georges Bataille


Capítulo del libro “Acéphale”
Excelente edición de Caja Negra Editora en el 2005 


Elisabeth Judas-Foerster

El judío Judas traicionó a Jesús por una suma de dinero nimia: después de eso, se colgó. La traición de los familiares de Nietzsche no tuvo la consecuencia brutal que tuvo la de Judas, pero resume y termina de volver intolerable el conjunto de traiciones que deforman la enseñanza de Nietzsche (que la colocan a la altura de las pretensiones de más corto alcance de la fiebre actual). Las falsificaciones antisemitas de la señora Foerster, su hermana, y del señor Richard Oehler, primo de Nietzsche, tienen además algo que es más vulgar que el comercio de Judas: más allá de toda medida, confieren el valor de un golpe de látigo a la máxima con la que Nietzsche expresó su horror por el antisemitismo: ¡No frecuentar a nadie que esté implicado en estE ENGAÑO DESFACHATADO de LAS razas![1]
El nombre de Elisabeth Foerster-Nietzsche[2], quien acaba de clausurar, el 8 de noviembre de 1935, una vida consagrada a una forma muy mezquina y degradante de culto familiar, no se ha convertido todavía en objeto de aversión... Elisabeth Foerster-Nietzsche no había olvidado, el 2 de noviembre de 1933, las dificultades que se habían introducido entre ella y su hermano con motivo de su casamiento, en 1885, con el antisemita Bernard Foerster. Ella misma publicó por sus propios medios una carta en la que Nietzsche le recuerda su “repulsión” --“tan pronunciada como es posible”-- por el partido de su marido, éste último designado con especial rencor[3]. El 2 de noviembre de 1933 frente a Adolf Hitler, a quien había recibido en persona en el Nietzsche-Archiv en Weimar, Elisabeth Foerster daba fe del antisemitismo de Nietzsche leyendo un texto de Bernard Foerster.

Antes de abandonar Weimar para irse a Essen --informa el periódico El Tiempo** del 4 de noviembre de 1933 --, el canciller Hitler visitó a la señora Elisabeth Foerster-Nietzsche, hermana del célebre filósofo. La anciana señora le obsequió un bastón que había pertenecido a su hermano. Le hizo también visitar los Archivos Nietzsche.
El señor Hitler asistió a la lectura de un texto que el doctor Foerster, agitador antisemita, había dirigido a Bismarck en 1879, texto en donde se quejaba de “la invasión del espíritu judío en Alemania”. Con el bastón de Nietzsche en la mano, Hitler atravesó la muchedumbre en medio de aclamaciones y subió a su automóvil para ir a Erfurt, y desde allí a Essen.

Nietzsche, en una carta despectiva enviada en 1887 al antisemita Theodor Fritsch[4], concluía con estas palabras: PERO AL FIN, ¿QUÉ CREE USTED QUE SIENTO CUANDO EL NOMBRE DE ZARATUSTRA SALE DE BOCA DE LOS ANTISEMITAS?

El segundo Judas del Nietzsche-Archiv


Adolf Hitler en Weimar se hizo fotografiar frente al busto de Nietzsche. Richard Oehler, primo de Nietzsche y colaborador de Elisabeth Foerster en el Archivo, hizo reproducir la fotografía en el frontispicio de su libro Nietzsche y el porvenir de Alemania[5]. En esta obra intentó mostrar el acuerdo profundo entre la enseñanza de Nietzsche y de Mein Kampf [Mi lucha]. Reconoce, es cierto, la existencia de pasajes de Nietzsche que no serían hostiles a los judíos, pero concluye:

(...) Lo que más nos importa es esta advertencia: “¡Ni un judío más! ¡Cerrémoles nuestras puertas, sobre todo hacia el este! (...) Alemania tiene ya su buen número de judíos, el estómago y la sangre alemanes deberán padecer largo tiempo antes de haber asimilado esa dosis de ‘lo judío’; no tenemos la digestión tan activa como los italianos, los franceses, los ingleses, que pasaron por el trance de manera mucho más expeditiva”. Obsérvese que esto es expresión de un sentimiento más general que exige que se lo escuche y que se actúe en consecuencia. “¡Ni un judío más! ¡Cerrémoles nuestras puertas, sobre todo hacia el este (incluida Austria)!”. He aquí lo que reclama el instinto de un pueblo cuyo carácter es todavía tan débil y tan poco marcado que corre el riesgo de ser abolido por la mezcla con una raza más enérgica.

No se trata aquí solamente de “engaño desfachado” sino de una falsedad grosera y conscientemente elaborada. Este texto figura, en efecto, en Más allá del bien y del mal (§ 251), pero la opinión que expresa no es la de Nietzsche; ¡es la de los antisemitas, retomada por Nietzche a modo de burla!
No encontré todavía un alemán --escribe-- que deseara el bien a los judíos; los políticos y los sabios, todos ellos y sin reserva, se esfuerzan en vano en condenar el antisemitismo. Lo que reprueban su sabiduría y su política, no se equivoquen ustedes, no es el sentimiento mismo, sino únicamente sus dudosos desencadenamientos, y las inconvenientes y vergonzosas manifestaciones que este sentimiento provoca una vez desencadenado. Se dice simplemente que Alemania ya está demasiado, etcétera.
¡Y sigue el texto convocado por el fascista falsario a cuenta de Nietzsche! Un poco más adelante se ofrece una conclusión práctica de estas consideraciones: “Se podría muy bien comenzar por echar a la calle a los antisemitas escandalosos...” Esta vez Nietzsche habla en su nombre. El conjunto del aforismo se expresa en el sentido de la asimilación de los judíos por parte de los alemanes.

No matar: reducir a la servidumbre


¿ACASO MI VIDA HACE VEROSÍMIL QUE YO PUEDA HABERME DEJADO “CORTAR LAS ALAS” POR CUALQUIERA?[6]. El tono con el cual Nietzsche respondía en vida a los antisemitas inoportunos excluye toda posibilidad de tratar la cuestión con ligereza, de considerar la traición de los Judas de Weimar como venial: de eso se tratan las “alas cortadas”.
Los parientes de Nietzsche emprendieron algo tan bajo como la tarea de reducir a una servidumbre envilecedora a quien pretendía arrasar con la moral servil. ¿Es posible acaso que no haya en el mundo rechinamientos de dientes y que esto no se convierta en una evidencia que, en la creciente desorientación, cause el silencio y la violencia? ¿Cómo, bajo el golpe de la ira, podría no ser de una claridad enceguecedora que, en el momento en que toda la humanidad se precipita hacia la servidumbre, haya algo que no deba ser sojuzgado, que no pueda ser sojuzgado?
LA DOCTRINA DE NIEZSCHE NO PUEDE SER SOJUZGADA. Solamente puede ser seguida. Ubicarla luego de o al servicio de cualquier cosa ajena es una traición que merece el desprecio de los lobos por los perros.
¿ACASO LA VIDA DE NIEZSCHE HACE VEROSÍMIL QUE HAYA PODIDO DEJARSE “CORTAR LAS ALAS” POR CUALQUIERA? Sea el antisemitismo o el fascismo, sea el socialismo, no hay más que utilización. Nietzsche se dirigía a espíritus libres, incapaces de dejarse utilizar.

Izquierda y derecha nietzscheanas


El movimiento mismo del pensamiento de Nietzsche implica una debacle de los diferentes fundamentos posibles de la política actual. Las derechas fundan su acción en su ligazón afectiva con el pasado. Las izquierdas la fundan en principios racionales. Ahora bien, Nietzsche rechaza por igual la ligazón con el pasado y los principios racionales (justicia, igualdad social). Debería entonces ser imposible utilizar sus enseñanzas en cualquier sentido posible.
Pero esas enseñanzas representan una fuerza de seducción incomparable, y en consecuencia una “fuerza” a secas que los políticos debían estar tentados de sojuzgar, o al menos de conciliar en beneficio de sus emprendimientos. Las enseñanzas de Nietzsche “movilizan” la voluntad y los instintos agresivos: era inevitable que las acciones existentes buscaran arrastrar dentro de su movimiento esas voluntades e instintos convertidos en móviles, y que habían quedado inutilizados.
La ausencia de toda posibilidad de adaptación a alguna de las direcciones de la política no tuvo, en estas condiciones, más que un solo resultado. La exaltación nietzscheana, al no ser solicitada más que en razón de un desconocimiento de su naturaleza, pudo serlo en las dos direcciones a la vez. En cierta medida, se formó una derecha y una izquierda nietzscheanas, de la misma manera que se formó en otros tiempos una derecha y una izquierda hegelianas[7]. Pero Hegel se había situado a sí mismo en el plano político, y sus concepciones dialécticas explican la formación de dos tendencias opuestas en el desarrollo póstumo de su doctrina. Se trata en un caso de desarrollos lógicos y consecuentes, y en el otro de inconsecuencia, de ligereza o de traición. En conjunto, la exigencia expresada por Nietzsche, lejos de ser comprendida, fue tratada como todo en un mundo en donde la actitud servil y el valor de utilidad parecen ser los únicos admisibles. A la medida de ese mundo, la transvaloración de los valores, incluso si fue objeto de esfuerzos reales de comprensión, permaneció tan generalmente ininteligible que las traiciones y las interpretaciones banales de que es objeto pasan más o menos desapercibidas.

“Observaciones para los asnos”


El propio Nietszche dijo que no sentía más que repugnancia por los partidos políticos de su tiempo, pero existe un equívoco a propósito del fascismo que no se desarrolló hasta mucho tiempo después de su muerte. Además, el fascismo es el único movimiento político que consciente y sistemáticamente utilizó la crítica nietzscheana. Según el húngaro Georg Lukacs (uno de los pocos entre los teóricos marxistas actuales, parece, que tuvieron una conciencia profunda de la esencia del marxismo; aunque es cierto que desde que se tuvo que refugiar en Moscú quedó moralmente quebrado, y que no es más que la sombra de sí mismo), “la diferencia muy clara a nivel ideológico entre Nietzsche y sus sucesores fascistas no llega a ocultar el hecho histórico fundamental, que hace de Nietzsche uno de los principales ancestros del fascismo” (Littérature internationale, 1935, nº 9, pág. 79). El análisis sobre el que Lukacs funda esta conclusión es quizás refinado y hábil a veces, pero no es más que un análisis que prescinde de la consideración de la totalidad, es decir, de eso que sólo es “existencia”. Fascismo y nietzscheísmo se excluyen, incluso se excluyen con violencia, desde el momento en que uno y otro son considerados en su totalidad: por un lado la vida se encadena y estabiliza en una servidumbre sin fin, por el otro respira no solamente aire libre sino un viento de borrasca; por un lado el encanto de la cultura humana se quiebra para dejar lugar a la fuerza vulgar, por el otro la fuerza y la violencia se consagran trágicamente a ese hechizo. ¿Cómo es posible no percibir el abismo que separa a un Cesar Borgia, a un Malatesta, de un Mussolini? Unos son insolentes denigradores de las tradiciones y de toda moral que sacan partido de acontecimientos sangrientos y complejos en beneficio de una avidez de vivir que los sobrepasa; el otro se ve sojuzgado lentamente por medio de todo aquello que pone en movimiento paralizando poco a poco su impulso primitivo. Ya a ojos de Nietzsche, Napoleón parecía “corrompido por los medios que se había visto obligado a emplear”; Napoleón “había perdido la nobleza de carácter”[8]. Una presión infinitamente más pesada se ejerce sin ninguna duda sobre los dictadores modernos, reducidos a encontrar su fuerza identificándose con todos los impulsos que Nietzsche despreciaba en las masas, en particular “esa admiración mentirosa de sí misma que practican las razas”[9]. Existe un sarcasmo corrosivo en el hecho de imaginar un acuerdo posible entre la existencia nietzscheana y una organización política que empobrece la existencia al máximo, que encarcela, que exilia o asesina a todo lo que podría constituir una aristocracia[10] de “espíritus libres”. Como si no saltara a la vista que Nietzsche, cuando reclamaba un amor a la medida del sacrificio de la vida, lo hacía por la “fe” que comunica, para los valores que su propia existencia convertía en reales, y evidentemente no para una patria...
“Observación para los asnos”, escribía el propio Nietzsche, temiendo una confusión del mismo orden, también miserable[11].

Mussolini nietzscheano


En la medida en que el fascismo se relaciona con una fuente filosófica, no es con Nietzsche sino con Hegel[12] con quien debe vinculárselo. No hay más que remitirse al artículo que el propio Mussolini consagró en la Enciclopedia Italiana al movimiento que él mismo había creado[13]: el vocabulario, y más que el vocabulario, el espíritu, son hegelianos, no nietzscheanos. Es cierto que Mussolini emplea allí dos veces la expresión “voluntad de poder”: pero no es por azar que esta voluntad no es más que un atributo de la idea que unifica la multitud...[14]
El agitador rojo sufrió la influencia de Nietzsche: el dictador unitarista se mantuvo aparte. El régimen mismo se expresó acerca de la cuestión. En un artículo de Fascismo de julio de 1933, Cimmino niega toda filiación ideológica entre Nietzsche y Mussolini. Solamente la voluntad de poder constituiría un lazo entre sus doctrinas. Pero la voluntad de poder de Mussolini “no es egoísta”, se predica a todos los italianos, a los que el duce quiere convertir en “superhombres”. Porque, afirma el autor, “cuando incluso nosotros seamos superhombres, no seguiremos siendo más que hombres... Que por otra parte a Mussolini le guste Nietzsche es más que natural: Nietzsche pertenecerá siempre a todos los hombres de acción y de voluntad... La diferencia profunda entre Nietzsche y Mussolini está en el hecho de que el poder en tanto que voluntad, la fuerza, la acción, son productos del instinto, diría casi de la naturaleza física. Pueden pertenecer a personas completamente opuestas, pueden ser puestas al servicio de los fines más diversos. Por el contrario, la ideología es un factor espiritual, es ella quien une verdaderamente a los hombres”. No tiene sentido insistir en el idealismo abierto de este texto que tiene el mérito de la honestidad si se lo compara con los textos alemanes. Más notable es ver al duce quedar limpio de una posible acusación de egoísmo nietzscheano. Las esferas dirigentes del fascismo parecen haberse quedado en la interpretación stirneriana de Nietzsche expresada alrededor de 1908 por el propio Mussolini[15].


Para Stirner, para Nietzsche --escribía entonces el revolucionario--  y para todos aquellos que, en su Geniale Mensch, Turk denomina los antísofos del egoísmo, el Estado es opresión organizada en detrimento del individuo. Y sin embargo, incluso para los animales de presa, existe un principio de solidaridad... El instinto de sociabilidad, según Darwin, es inherente a la propia naturaleza del hombre. Es imposible representarse a un ser humano que viva fuera de la cadena infinita de sus semejantes. Nietzsche sintió profundamente la “fatalidad” de esta ley de solidaridad universal. El superhombre nietzscheano intenta escapar a la contradicción: desencadena y dirige contra la masa exterior su voluntad de poder, y la grandeza trágica de sus emprendimientos proporciona al poeta --por poco tiempo más-- una materia digna de ser cantada...

Así se explica que Mussolini, acusando las influencias no italianas que se ejercieron sobre el fascismo naciente, hable de Sorel, de Péguy, de Lagardelle, y no de Nietzsche. El fascismo oficial pudo utilizar las máximas nietzscheanas tónicas disponiéndolas sobre los muros: esto no excluye que sus simplificaciones brutales deban ser mantenidas aparte del mundo nietzscheano, demasiado libre, demasiado complejo, demasiado desgarrador. Esta prudencia parece descansar, es cierto, sobre una interpretación de la actitud de Nietzsche pasada de moda: pero esta interpretación fue posible, y lo fue porque el movimiento del pensamiento de Nietzsche constituye en última instancia un dédalo, es decir, todo lo contrario de las directivas que los sistemas políticos actuales piden a sus inspiradores.

Alfred Rosenberg


Sin embargo, a la prudencia del fascismo italiano se opone la afirmación hitleriana. Nietzsche, en el panteón racista, no ocupa ciertamente un lugar oficial. Chamberlain, Paul de Lagarde o Wagner dan satisfacciones más sólidas a la profunda “admiración de sí misma” que practica la Alemania del Tercer Reich. Pero cualesquiera sean los peligros de la operación, esta nueva Alemania debió reconocer a Nietzsche y utilizarlo. Representaba demasiados instintos movilizados disponibles para cualquier acción violenta, sin importar cuál, y la falsificación era todavía demasiado fácil. La primera ideología desarrollada del nacionalsocialismo tal como surgió del cerebro de Alfred Rosenberg logra acomodar a Nietzsche.
Antes que nada, los chauvinistas alemanes debían liberarse de la interpretación stirneriana, individualista. Alfred Rosenberg, haciendo justicia al nietzscheísmo de izquierda, parece tomarse a pecho con rabia el hecho de arrancar a Nietzsche de las garras del joven Mussolini o sus semejantes:

Friedrich Nietzsche --dice en su Mythe du XXème siècle [Mito del siglo XX][16]-- representa el grito desesperado de millones de oprimidos. Su prédica salvaje del superhombre era una amplificación poderosa de la vida individual, subyugada, aniquilada por la presión material de la época... Pero una época amordazada desde generaciones atrás no llega a comprender por impotencia más que el costado subjetivo de la gran voluntad y de la experiencia vital de Nietzsche. Nietzsche exigía con pasión una personalidad fuerte: su exigencia falsificada se convirtió en un llamado, un desencadenamiento de todos los instintos. Alrededor de su estandarte se reunieron los batallones rojos y los profetas nómades del marxismo, una clase de hombres cuya doctrina insensata nunca fue denunciada más irónicamente que por Nietzsche. En su nombre, avanzó la contaminación de la raza por parte de los negros y los sirios, mientras que él mismo se amoldaba duramente a la disciplina característica de nuestra raza. Nietzsche había caído en los sueños de febriles gigolos, lo que es peor que caer en manos de una banda de ladrones. El pueblo alemán ya no escuchó hablar más que de supresión de las restricciones, de subjetivismo, de “personalidad”, pero ya no se trataba de la disciplina y la construcción interior. La más bella palabra de Nietzsche (“Desde el futuro se aproximan vientos con extraños golpes de alas, y en sus oídos resuena la buena nueva”) no era más que una intuición nostálgica en medio de un mundo insano en el que era, junto con Lagarde y Wagner, prácticamente el único clarividente.

“Si usted supiera cuánto me reí la primavera pasada leyendo las obras de ese testarudo sentimental y vanidoso que se llama Paul de Lagarde”: así se expresaba Nietzsche refiriéndose al célebre pangermanista[17]. La risa de Nietzsche podría evidentemente extenderse de Lagarde a Rosenberg, la risa de un hombre asqueado tanto por los socialdemócratas como por los racistas. Por otra parte, la actitud de un Rosenberg no puede ser simplemente tenida por un niezscheísmo vulgar (como se admite a veces, como lo admite Edmond Vermeil). El discípulo no es solamente vulgar, sino prudente: el simple hecho de que un Rosenberg hable de Nietzsche es suficiente para “cortar las alas”, pero nunca le parece a un hombre de esta especie que las alas estén suficientemente recortadas. Según él, todo lo que no es nórdico debe ser suprimido rigurosamente. ¡Ahora bien, solamente los dioses del cielo son nórdicos!

Mientras que los dioses griegos --escribe[18]-- eran los héroes de la luz y del cielo, los dioses del Asia Menor no aria asumían todos los caracteres de la tierra... Dioniso (al menos por su faz no aria) es el dios del éxtasis, de la lujuria, de la bacanal desencadenada... Durante dos siglos se llevó a cabo la interpretación de Grecia. De Winckelmann a Voss, pasando por los clásicos alemanes, se insistió sobre la luz, con la mirada vuelta al mundo, lo inteligible... La otra corriente, romántica, se alimenta de los afluentes secundarios indicados al final de la Ilíada por la fiesta de los muertos, o en Esquilo por la acción de las Erinias. Se vivificó en los contradioses ctónicos del Zeus olímpico. Partiendo de la muerte y de sus enigmas, esta corriente venera a las diosas madre con Demeter a la cabeza, y finalmente resplandece en el dios de los muertos: Dioniso. Es en este sentido que Welcker, Rohde y Nietzsche convirtieron a la misma Madre Tierra en una engrendadora de la vida, informe en sí misma, que retorna perpetuamente a través de la muerte en su seno. El gran romanticismo alemán se sacudía en estremecimientos de adoración, y como se extendían velos cada vez más sombríos frente a la faz radiante de los dioses del cielo, se hundió siempre más profundamente en lo instintivo, lo informe, lo demoníaco, lo sexual, lo extático, lo ctónico, en el culto de la Madre.

Viene a colación recordar aquí antes que nada que Rosenberg no es el pensador oficial del Tercer Reich, y que por supuesto su anticristianismo no recibió ninguna consagración. Pero cuando expresa su repulsión por los dioses de la Tierra y por las tendencias románticas que no tienen como objeto inmediato una composición de fuerzas, sin lugar a dudas expresa la repulsión del propio nacionalsocialismo. El nacionalsocialismo es menos romántico y lo más maurrasiano que uno puede a veces imaginar, y no hay que olvidar que Rosenberg es su expresión ideológica más cercana a Nietzsche: el jurista Carl Schmitt, que no lo encarna con menos realidad que Rosenberg, está muy cerca de Maurras; de origen católico, siempre fue ajeno a la influencia de Nietzsche.

Una “religión higiénica y pedagógica”: el neopaganismo alemán


Es el “neopaganismo” alemán[19] el que introdujo la leyenda de un nacionalsocialismo poético. Solamente en la medida en que el racismo desemboca en esta forma religiosa excéntrica, expresa una cierta corriente vitalista y anticristiana del pensamiento alemán.
Es exacto que una creencia algo caótica, pero organizada, representa hoy libremente en Alemania esa corriente mística que, a partir de la gran época romántica, se expresa en escritos tales como los de Bachofen, Nietzsche y, más recientemente, Klages[20]. Dicha corriente nunca tuvo la menor unidad, pero se distingue por la valorización de la vida contra la razón y por la oposición de las formas religiosas primitivas al cristianismo. En el interior del nacionalsocialismo, Rosenberg representa hoy la tendencia más moderada. Teóricos profetas mucho más aventureros (Hauer, Bergmann), se encargan, después del conde Reventlow, de intentar una organización cultual análoga a la de las iglesias. Esta tentativa no es nueva en Alemania, en donde “una comunidad de la Fe germánica” existía ya a partir de 1908, y en donde el mariscal Ludedorf mismo quiso convertirse, después de 1923, en el jefe de una iglesia alemana. Después de la toma del poder por parte de Hitler, las diversas organizaciones existentes reconocieron en un congreso la comunidad de sus objetivos y se unieron para formar el “Movimiento de la fe alemana”.
Pero si es un hecho que los prosélitos de la nueva religión no oponen a la exaltación romántica los límites estrechos y completamente militares de Rosenberg, no por ello están menos de acuerdo en el punto que, una vez proclamado el anticristianismo y divinizada la vida, su única religión sea la raza, es decir, Alemania. El antiguo misionario protestante Hauer exclama: “No hay más que una virtud: ¡ser alemán!”. Y el extravagante Bergmann, apasionado por el psicoanálisis y la “religión higiénica”, afirma que si “Jesús de Nazareth, médico y protector del pueblo, volviera hoy, descendería de la cruz a la cual lo clava todavía una falsa comprensión; reviviría como médico del pueblo, como doctrinario de la higiene de la raza”.
¡El nacionalsocialismo no escapa a la estrechez tradicional y pietista más que para asegurar mejor su pobreza mental! El hecho de que adeptos de la nueva fe practiquen ceremonias durante las cuales se leen pasajes de Zaratustra termina de situar esta comedia muy lejos de la exigencia nietzscheana, en la más vulgar fraseología de los histriones que se imponen en todas partes a la fatiga.
Es necesario agregar finalmente que los dirigentes del Reich parecen poco inclinados, cada vez menos inclinados, a sostener este movimiento heteróclito: el cuadro de la participación dada en la Alemania de Hitler al entusiasmo libre, anticristiano, y que se daba una apariencia nietzscheana, finaliza entonces vergonzosamente.

Más profesoral...

Queda --y quizás sea lo más serio--, la tentativa consecuente del señor Alfred Baeumbler, que utiliza conocimientos reales y cierto rigor teórico en la construcción de un nietzscheísmo político. El pequeño libro de Baeumbler, Nietzsche, le philosophe et le politicien [Nietzsche, el filósofo y el político][21], publicado por Ediciones Reclam en una tirada de numerosos ejemplares, hace salir del dédalo de las contradicciones nietzscheanas la doctrina de un pueblo unido por una voluntad de poder común. Tal trabajo es en efecto posible, y era fatal que fuese hecho. Desprende del conjunto una figura precisa, nueva, notablemente artificial y lógica. Imaginemos a Nietzsche, preguntándose en algún momento: “¿Para qué podría ser útil lo que yo experimenté, lo que percibí?”. Es, en efecto, lo que el señor Baeumbler no hubiera dejado de preguntarse en su lugar. Y como es imposible ser útil a lo que no existe, Baeumbler se remite necesariamente a la existencia que se le impone, que hubiera debido imponérsele a Nietzsche, la de la comunidad a la que uno y otro se deben por nacimiento. Tales consideraciones serían correctas a condición de que la hipótesis formulada hubiera podido recibir un sentido en el espíritu de Nietzsche. Sigue siendo posible otra suposición: lo que Nietzsche experimentó, lo que percibió, no podía ser reconocido por él como una utilidad sino como un fin. Al igual que Hegel esperó que el Estado prusiano realizase el espíritu, Nietzsche, después de haberla vituperado, hubiera podido esperar oscuramente que Alemania diera un cuerpo y una voz reales a Zaratustra... Pero parece que la inteligencia del señor Baeumler, más exigente que la de un Bergmann o la de un Oehler, elimina las representaciones demasiado cómicas. Le pareció cómodo descuidar todo lo que había sido experimentado por Nietzsche de manera demasiado indiscutible como fin, y no como medio, y lo descuidó abiertamente a través de observaciones positivas.
Cuando Nietzsche habla de la muerte de Dios emplea un lenguaje conmocionado que es prueba de la experiencia interior más desesperante. Baeumler escribe:

Para comprender exactamente la actitud de Nietzsche respecto del cristianismo, no hay que perder de vista que la frase decisiva, Dios ha muerto, tiene el sentido de una constatación histórica.

Al describir lo que había experimentado la primera vez que se le presentó la visión del eterno retorno, Nietzsche escribía: “La intensidad de mis sentimientos me hacía a la vez temblar y reír... y no eran lágrimas de enternecimiento, eran lágrimas de júbilo”.

En realidad --afirma Baeumler--, la idea del eterno retorno no tiene importancia desde el punto de vista del sistema Nietzsche. Debemos considerarla como expresión de una experiencia intensamente personal. No tiene ninguna relación con el pensamiento fundamental de la voluntad de poder, e incluso, tomada en serio, esta idea quebraría la coherencia de la voluntad de poder.

De todas las representaciones dramáticas que dieron a la vida de Nietzsche el carácter de un desgarramiento y de un combate palpitante de la existencia humana, la idea de eterno retorno es por cierto la más inaccesible. Pero de la incapacidad de acceder a ella, a la resolución de no tomarla en serio, se ha franqueado el paso del traidor. Mussolini reconocía en otras épocas que la doctrina de Nietzsche no podía ser reducida a la idea de voluntad de poder. A su manera Baeumler, acorralado en la traición y dando el paso, lo reconoce con un resplandor incomparable: castrándola a plena luz del día...

El “país de mis hijos”


La utilización de Nietzsche exige antes que nada que toda su experiencia patética se oponga al sistema y le deje lugar. Pero su exigencia se extiende más lejos.
Baeumler opone a la comprensión de la Revolución la comprensión del mito: la primera estaría ligada, según él, a la conciencia del futuro; la segunda, a un sentimiento agudo del pasado[22]. Se sobreentiende que el nacionalismo implica la sumisión al pasado. En un artículo de Esprit (1 de noviembre de 1934, pp. 199-208), Levinas acuñó, en relación con este punto, una expresión filosófica del racismo en particular más profunda que la de sus partidarios. Si citamos aquí lo esencial de ella, la oposición de base entre la enseñanza de Nietzsche y su encadenamiento resurgirá quizás, esta vez, con una brutalidad bastante grande:

La importancia --escribe Levinas-- acordada a ese sentimiento del cuerpo con el que el espíritu occidental no se quiso nunca dar por satisfecho está en la base de una nueva concepción biológica del hombre. Lo biológico, con todo lo que implica de fatalidad, se convierte en algo más que un objeto de la vida espiritual: se convierte en el corazón. Las misteriosas voces de la sangre, los llamados de la herencia y del pasado a los que el cuerpo sirve de enigmático vehículo pierden su naturaleza de problemas sometidos a la solución de un Yo soberanamente libre. El Yo no aporta para resolverlos más que las incógnitas mismas de ese problema. Está constituido por ellas. La esencia del hombre no está ya en la libertad, sino en una especie de encadenamiento ...
Desde entonces, toda estructura social que anuncie una emancipación en relación con el cuerpo y que no lo comprometa, se convierte en sospechosa, como si fuera una negación, una traición... Una sociedad de base cosanguínea se desprende inmediatamente de esta concretización del espíritu... Toda asimilación racional o comunión mística entre espíritus que no se apoye sobre una comunidad de sangre es sospechosa. Y sin embargo el nuevo tipo de verdad no podría renunciar a la naturaleza formal de la verdad, y dejar de ser universal. La verdad se esfuerza en vano en ser mi verdad en el sentido más fuerte del posesivo, debe tender a la creación de un mundo nuevo. Zaratustra no se conforma con su transfiguración; desciende de su montaña y trae un evangelio. ¿Cómo puede ser compatible la universalidad con el racismo? Habría allí una modificación fundamental de la idea misma de universalidad. Debe abrir paso a la idea de expansión, porque la expansión de una fuerza presenta una estructura completamente distinta a la de la propagación de una idea... La voluntad de poder de Nietzsche que la Alemania moderna vuelve a encontrar y glorifica no es solamente un nuevo ideal, es un ideal que trae al mismo tiempo su forma propia de universalización: la guerra, la conquista.

Levinas, que introduce la identificación de la actitud nietzscheana con la actitud racista y no se ocupa de justificarla, se limita a dar de hecho, sin haberlo buscado, una deslumbrante evidencia de su incompatibilidad e incluso de su carácter de contrarios.
La comunidad sanguínea[23] y el encadenamiento al pasado están en su conexión tan alejados como puede ser posible, fuera de la vista de un hombre que reivindicaba con mucho orgullo el apelativo de “sin patria”. Y la comprensión de Nietzsche debe  considerarse cerrada para aquellos que no atribuyan todo el lugar que corresponde a la profunda paradoja de otro epíteto que no reivindicaba con menos orgullo, el de hijo del porvenir[24]. A la comprensión del mito que Baeumler relacionaba con el sentimiento agudo del pasado, responde el mito nietzscheano del porvenir[25]. El porvenir, la maravillosa incógnita del porvenir, es el único objeto de la fiesta nietzscheana[26]. “La humanidad, en el pensamiento de Nietzsche, tiene todavía suficiente tiempo, más tiempo por delante que por detrás, ¿cómo, de una manera general, el ideal podría ser aprehendido en el pasado?”[27]. El don agresivo y gratuito de uno mismo al porvenir, en oposición a la avaricia chauvinista, encadenada al pasado, es lo único que puede fijar una imagen lo suficientemente grande de Nietzsche en la persona de Zaratustra que exigía ser negada. Los “sin patria”, los desencadenados del pasado que viven hoy, ¿cómo pueden, sin inmutarse, ver encadenar a la miseria patriótica a aquel de entre ellos cuyo odio a esta miseria consagraba al país de sus hijos? Zaratustra, cuando las miradas de los otros se aferraban al país de sus padres, a su patria, veía el país de sus hijos[28]. Frente a este mundo cubierto de pasado, cubierto de patrias como un hombre está cubierto de llagas, no existe expresión más paradójica, ni más apasionada, ni mayor.

“Nosotros, los sin patria...”

Hay algo trágico en el simple hecho de que el error de Levinas sea posible (porque se trata sin duda en este caso de un error, no de una postura de base). Las contradicciones por las que mueren los hombres aparecen de pronto extrañamente insolubles. Porque si los partidos opuestos, al adoptar soluciones opuestas, resolvieron en apariencia esas contradicciones, no se trata más que de simplificaciones groseras: y estas apariencias de solución no hacen más que alejar las posibilidades de escapar a la muerte. Los desencadenados del pasado son los encadenados a la razón; quienes no están encadenados a la razón son los esclavos del pasado. El juego de la política exige para producirse posiciones igual de falsas y no parece posible cambiarlas. Transgredir por medio de la vida las leyes de la razón, responder a las exigencias de la vida misma contra la razón es, en política, entregarse prácticamente con las manos atadas al pasado. Y sin embargo la vida exige tanto ser liberada del pasado como de un sistema de medidas racionales y administrativas.
El movimiento apasionado y tumultuoso que forma la vida, que responde a lo que ella exige de extraño, de nuevo, de perdido, aparece algunas veces encarnado por la acción política: ¡no se trata más que de una corta ilusión! El movimiento de la vida no se confunde con los movimientos limitados de las formaciones políticas más que en condiciones definidas[29]; en otras condiciones, se continúa mucho más allá, precisamente allí en donde se perdía la mirada de Nietzsche.
Mucho más allá, donde las simplificaciones adoptadas para un tiempo y una finalidad muy estrechos pierden su sentido, allí donde la existencia, allí donde el universo que la brinda aparecen de nuevo como un dédalo...
No hacia las pobrezas inmediatas, sino hacia ese dédalo que, único, encierra las posibilidades numerosas de la vida, se dirige el pensamiento contradictorio de Nietzsche, a merced de una libertad sombría[30]. Parece incluso el único que escapa, en el mundo actual, a las preocupaciones apremiantes que nos obligan a negarnos a abrir los ojos tan lejos. Los que ya perciben el vacío en las soluciones propuestas por los partidos, los que no ven siquiera en la esperanza suscitada por esos partidos más que una oportunidad de guerras desprovistas de otro olor que no sea el de la muerte, buscan una fe a la medida de las convulsiones que sufren: la posibilidad, para el hombre, de volver a encontrar no ya un estandarte y las matanzas sin salida que encabeza dicha insignia, sino todo lo que en el universo puede ser objeto de risa, de maravilla o de sacrificio...

“Nuestros ancestros --escribía Nietzsche--, eran cristianos de una lealtad sin igual que, por su fe, habrían sacrificado sus bienes y su sangre, su estado y su patria. Nosotros, nosotros hacemos lo mismo. ¿Pero por qué, entonces? ¿Por irreligión personal? ¿Por irreligión universal? ¡No, ustedes lo saben mucho mejor, amigos míos! El SI que se esconde en ustedes es más fuerte que todos los NO y todos los TAL VEZ de los que están enfermos juntos con su época: y si es preciso que se vayan al mar, ustedes, emigrantes, desvélense dentro de ustedes mismos para encontrar... una fe...”[31].

La enseñanza de Nietzsche elabora la fe de la secta o del “orden” cuya voluntad dominante hará el destino humano libre, arrancándolo de la servidumbre racional de la producción como de la servidumbre irracional hacia el pasado. Que los valores trastocados no puedan ser reducidos al valor de utilidad es un principio de una importancia vital tan candente que subleva con él todo lo que la vida aporta como voluntad tempestuosa de vencer. Fuera de esta resolución definida, esta enseñanza no da lugar más que a las inconsecuencias o a las traiciones de quienes pretenden contemplarlas. La servidumbre tiende a englobar la existencia humana completa, y lo que está en cuestión es el destino de esta existencia libre.


 



* (N. de la T.) En la edición crítica española de Georges Bataille (Obras Escogidas, Barcelona, Barral, 1974), este texto, anónimo en el número original de Acéphale, aparece atribuido a Georges Bataille.
** (N. de la T.) En el original francés se habla del periódico Temps. No está claro si se trata de una cita de un periódico francés (en cuyo caso debería haber sido Le Temps) o una traducción al francés del título de un periódico alemán, por ejemplo Die Zeit (tiempo). 

[1] Œuvres posthumes, traducción de Bolle, París, Éditions du Mercure de France, 1934, 858, pág. 309.
[2] Sobre E . Foerster-Nietzsche, véase la necrológica de W. F. Otto en Kanstudien, 1935, nº 4, pág. V (dos retratos); pero mejor todavía, E. Podach, L’effondrement de Nietzsche [El derrumbe de Nietzsche] (traducción francesa), París, NRF, 1931; Podach otorga realidad a las expresiones de Nietzsche acerca de su hermana (“las personas como mi hermana son inevitablemente adversarios irreconciliables de mi manera de pensar y de mi filosofía”;  citado por Podah, pág. 68): la desaparición de documentos, las omisiones vergonzosas del Nietzsche-Archiv ya podían ser cargadas en la cuenta de este singular “adversario”.
[3] Carta del 21 de mayo de 1887, publicada en francés en Lettres choisies, París, Stock, 1931.
[4] La segunda de las cartas a Theodor Fritsch, que fue publicada en francés por M. P. Nicolas (De Hitler à Nietzsche [De Hitler a Nietzsche], París, Fasquelle, 1936, pp. 131-134). Debemos señalar aquí el interés de la obra de Nicolas, cuya intención es, en conjunto, análoga a la nuestra, y que suministra importantes documentos. Pero hay que lamentar que el autor haya estado preocupado antes que nada por mostrar a Benda que no debía ser hostil a Nietzsche... y desear que Benda siga siendo fiel a sí mismo...
[5] Friedrich Nietzsche und die deutsche Zukunft [Friedrich Nietzsche y el futuro alemán], Leipzig, 1935. R. Oehler pertenece a la familia de la madre de Nietzsche.
[6] En la primera de las dos cartas a Theodor Fritsch: véase más arriba, nota 4.
[7] “¿No hubo acaso un hegelianismo de derecha y otro de izquierda? Puede haber un nietzscheísmo de derecha y de izquierda. Y me parece que incluso la Moscú de Stalin y Roma, ésta consciente y aquella inconsciente, plantean estos dos nietzscheísmos” (Drieu La Rochelle, Socialisme fasciste [Socialismo fascista], NRF, 1934, pág. 71). En el artículo donde figuran estas líneas (titulado “Nietzsche contra Marx”) Drieu, reconociendo que “no será nunca más que un residuo de su pensamiento que habrá sido librado a la brutal explotación de los activistas”, reduce a Nietzsche a la voluntad de iniciativa y a la negación del optimismo del progreso... De hecho, si no en derecho, la distinción de dos nietzscheísmos opuestos no está menos justificada en el conjunto. A partir de 1902, en un panfleto titulado Nietzsche socialiste malgré lui [Nietzsche socialista a pesar de él]  (“Journal des Débats”, 2 de septiembre de 1902), Bourdeau hablaba irónicamente de los nietzscheanos de derecha e izquierda. Jaurès (que en una conferencia en Ginebra identificaba al superhombre con el proletariado), Bracke (traductor de Humano, demasiado humano), Georges Sorel, Félicien Challaye pueden ser citados en Francia entre los hombres de izquierda que se interesaron en Nietzsche. Es lamentable que la conferencia de Jaurès se haya perdido, y es importante señalar una vez más que la principal obra sobre Nietzsche se debe a Charles Andler, editor simpatizante del Manifiesto Comunista.
[8] La voluntad de poder, § 1026 (Œuvres Complètes, Leipzig, 1911, tomo XVI, pág. 376).
[9] La Gaya Ciencia, § 377.
[10] Nietzsche habla de aristocracia, habla incluso de esclavitud, pero si se expresa a propósito de los “nuevos amos”, habla de “su nueva santidad”, de su “capacidad de renuncia”. “Entregan --escribe-- a los más bajos el derecho a la felicidad, renuncian a ella para sí mismos”.
[11] La voluntad de poder, 942 (Œuvres Complètes, 1911, tomo XVI, pág. 329).
[12] Se sabe que el hegelianismo, representado por Gentile, es prácticamente la filosofía oficial de la Italia fascista.
[13] Sub verbo “Fascismo”. El artículo fue traducido encabezando Le Fascisme [El fascismo], Benito Mussolini, Denoël et Steele, 1933.
[14] Mussolini escribe a propósito del pueblo: “No se trata ni de raza ni de región geográfica determinada, sino de un grupo que se perpetúa históricamente, de una multitud unificada por una idea que es una voluntad de existencia y de poder...” (Ed. Denoël et Steele, pág. 22).
[15] En un artículo publicado entonces en un periódico de Romagna, y reproducido por Marguerite G. Sarfatti (Mussolini, traducción francesa, Albin Michel, 1927, pp. 117-121).
[16] Der Mythus der 20. Jahrhunderts [El mito del siglo XX], Munich, 1932, pág. 523.
[17] Primera carta a Theodor Fritsch, citada más arriba, notas 4 y 6
[18] Der Mythus der 20. Jahrhunderts [El mito del siglo XX], pág. 55. Esta hostilidad del fascismo hacia los dioses ctónicos, los dioses de la Tierra, es sin duda lo que lo sitúa más exactamente en el mundo psicológico o mitológico.
[19] Acerca del neopaganismo alemán, ver el artículo de A. Béguin, en la Revue de Deux-Mondes, 15 de mayo de 1935.
[20] Debemos señalar que a propósito del escritor contemporáneo Ludwig Klages, célebre sobre todo por sus trabajos de caracteriología, el barón Sellière (De la déesse nature à la déese vie [De la diosa naturaleza a la diosa vida], Alcan, 1931, pág. 133) emplea la expresión acéphale (acéfalo)... Klages es por otra parte el autor de uno de los libros más importantes que hayan sido consagrados a Nietzsche, Die psychologischen Errumgensschaften Nietzsches [Los progresos psicológicos de Nietzsche], 2ª. ed., Leipzig, 1930 (1ª. ed.: 1923). 
[21] Nietzsche, der Philosoph und Politiker [Nietzsche, el filósofo y el político], Leipzig, 1931; los dos pasajes citados, pág. 98 y 80.
[22] Véase a Seillère, op. cit., pág. 37.
[23] Nietzsche se interesa generalmente por la belleza del cuerpo y de la raza sin que este interés determine en él la elección de una comunidad sanguínea limitada (ficticia o no). El lazo de la comunidad que él encara es sin ninguna duda el lazo místico, se trata de una “fe”, no de una patria.
[24] La Gaya Ciencia, § 377, bajo el título “Nosotros, los sin patria.”
[25] “Den Mythus der Zukunft dichten!” (“¡Componer el mito del futuro!”), escribe Nietzsche en las notas para el Zaratustra (Oeuvres Complètes, Leipzig, 1901, tomo XII, pág. 400).
[26] “Die Zukunft feiern nicht die Vergangenheit!” (“¡El futuro no celebra el pasado!”, mismo pasaje que la cita precedente); “Ich liebe die Unwiessenheit um die Zukunft” (“Amo el desconocimiento acerca del futuro”, La Gaya Ciencia, 287),
[27] Œuvres posthumes (Œuvres Complètes, Leipzig, 1903, tomo XIII, pág. 362).
[28] Así hablaba Zaratustra, 2da. parte, “El país de la civilización”. “Fui expulsado de las patrias y de las tierras natales. No amo entonces más que al país de mis hijos... Quiero redimir cerca de mis hijos el haber sido hijo de mis padres.”
[29] Una revolución tal como la revolución rusa da quizás la medida. La puesta en cuestión de toda realidad humana en un trastocamiento de las condiciones materiales de la existencia aparece de repente como respuesta a una exigencia sin piedad, pero no es posible prever su alcance: las revoluciones hacen fracasar toda previsión inteligente de los resultados. El movimiento de la vida tiene sin duda poco que ver con las continuaciones más o menos depresivas de un traumatismo. Se encuentra en las determinaciones oscuras, lentamente activas y creadoras, de las que las masas al comienzo no tienen conciencia. Es sobre todo miserable confundirlo con los reajustes exigidos por masas conscientes y operadas sobre el plano político por especialistas más o menos parlamentarios.
[30] Esta interpretación del “pensamiento político” de Nietzsche, el único posible, fue notablemente expresado por Jaspers. Remitimos a la larga cita que damos en la reseña de la obra de Jaspers.
[31] Es la conclusión del apartado 377 de La Gaya Ciencia, “Nosotros, los sin patria.” Este parágrafo caracteriza con más precisión que ningún otro la actitud de Nietzsche frente a la realidad política contemporánea.